Mito del Rey Midas
Un día, el dios de la celebración Dionisio, recorría el reino de Frigia acompañado
de Sileno, un viejo que era un dios menor de la embriaguez, leal compañero de
Dionisio.
Sileno se quedó retrasado, y cansado se durmió bajo un árbol, y allí lo
encuentra Midas, rey de Frigia, quien lo reconoce al instante y lo invita a
pasar unos días en su palacio, para después llevarlo junto a Dionisio. El dios,
muy agradecido, le dijo que le pidiese cualquier deseo, y Midas respondió que quería
que todo lo que tocase se convirtiese en oro.
Al día siguiente Midas se despertó ansioso por comprobar lo que Dionisio
le había prometido. Extendió sus brazos tocando una mesita que de inmediato se
transformó en oro. Midas, extasiado, fue tocando toda clase de objetos
maravillándose de su poder. Sin embargo, toda su alegría se transformó en miedo
cuando su gata saltó para sentarse con él, pero al querer acariciarla, quedó
como una estatua dura y fría.
Midas se puso a llorar, dándose cuenta realmente de que todo lo que
tocara a lo largo de su vida se transformaría en oro duro y frío. Al sentir el
llanto de su padre, Zoe se apresuró para reconfortarlo. Midas quiso detenerla,
pero al tocarlo también fue convertida en una estatua de oro.
El rey, llorando desconsoladamente, suplicó a Dionisio que le retirara su
nuevo don, para poder disfrutar de lo que ya tenía; de su hija y de su gata.
Dionisio le respondió que podría deshacer todo lo que había convertido a cambio
de todo el oro de su reino. El rey Midas aceptó, y Dionisio le mandó
buscar la fuente del río Pactulo y lavar allí sus manos. Midas fue al río
agradecido por la oportunidad de enmendar su error. Al meter las manos en el
río se asombró al ver el oro que fluía de sus manos para depositarse en la
arena del fondo de la fuente. Rápidamente, llevó una jarra de agua para volcar
sobre su hija y sobre la gata, que al instante cobraron vida de nuevo. El rey,
muy feliz, roció todo el palacio con el agua del río para deshacerse de todo el
oro que había en él.
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