Romeo y Julieta: William Shakespeare

Los placeres violentos terminan en la violencia,
y tienen en su triunfo su propia muerte, del mismo
modo que se consumen el fuego y la pólvora
en un beso voraz.

Romeo y Julieta, acto II, escena VI

El amor es, obviamente, el tema central de Romeo y Julieta. Pero, al contrario de lo que era frecuente en épocas anteriores, ese amor auténtico y pasional se canaliza a través del matrimonio. Dicha actitud se corresponde con el nuevo valor que el movimiento protestante otorga a la institución matrimonial. Por otra parte, los cambios sociales producidos en el Renacimiento ponen en peligro el orden familiar tradicional. Los humanistas, por ello, ven la necesidad de reforzar los vínculos entre los esposos proponiendo un nuevo modelo de amor matrimonial. Y éste es el camino que sigue Shakespeare en su obra: nos presenta un amor perfecto e idealizado que, por su frescura, generosidad y felicidad, será capaz de vencer todos los obstáculos, incluida la muerte. Pero a ese amor eterno Shakespeare le añade la pasión propia del antiguo amor de las novelas caballerescas, que, en el momento en que escribe, era ya visto como una fantasía irreal del pasado. De aquí que la intensidad de la obra sorprenda y conmueva, y resulte finalmente abocada a la tragedia.

Además, el amor de Romeo y Julieta está enmarcado en un ambiente hostil, y éste resulta un factor determinante de ese amor y de la propia acción de la obra. La imposibilidad de ser correspondido que caracterizaba al amor cortés se ha sustituido aquí por la grave dificultad que entraña la relación entre dos amantes que pertenecen a familias enfrentadas secularmente por un odio irracional. La obra, de ese modo, está construida sobre una serie de contrastes que, aunque dispuestos casi simétricamente, no encuentran un punto de equilibrio: en su entorno social imperan el odio, la agresividad, la violencia, el bullicio, la energía desbordante, la fiesta, los infinitos detalles de la realidad cotidiana; alejados de todo ello, los amantes crean su propio mundo idealizado, sublime, como si estuviera fuera del espacio y del tiempo. Mientras que el mundo exterior podría ser escenario de una comedia de intriga, para los amantes es un lugar opresivo y amenazador que los aboca, en su huida hacia adelante, a la muerte. Su único consuelo serán ellos mismos, compartir su amor y su decisión de entrega mutua.
Estos dos mundos se oponen radicalmente, y ello se refleja, de modo especial, en su manera distinta de concebir las relaciones amorosas.

           Como en el resto de obras shakesperianas, la división en escenas y actos no se introdujo hasta finales del siglo XVII. Con ello se pretendía que adquiriesen una apariencia más digna, más parecida a los clásicos griegos y latinos. Pero la estructura que realmente vertebra Romeo y Julieta no es, obviamente, una simple división mecánica, sino la organización interna que existe entre sus partes.
    Podríamos decir que la obra avanza como sobre un eje, desde la distancia que al principio separa a los protagonistas (que ni se conocen, ni tienen, aparentemente, posibilidades de hacerlo), pasando por su súbito encuentro, enamoramiento y boda, hasta la también muy rápida separación definitiva y su reencuentro en la muerte. Este desarrollo lineal, que funciona a base de alternancias contrastadas, casi regulares, entre lugares y temas, parece pautado «desde fuera» por las tres apariciones del Príncipe. Ellas proveen de un marco público, «objetivo», a la historia íntima de la pasión amorosa de los protagonistas.
Shakespeare marca la diferencia entre los sentimientos convencionales del petrarquismo de moda, y el nuevo amor. Para subrayarla hace un uso paródico de diversos recursos retóricos habituales en el estilo petrarquista popularizado en Inglaterra, como en toda Europa, en el siglo XVI.

          Romeo y Julieta es considerada una de las obras cumbres de Shakespeare.  La historia de esta tragedia tiene una gran influencia clásica, ya que es precedente de la leyenda mitológica de Píramo y Tisbe. Sin embargo, la versión en la que Shakespeare basa su obra prácticamente en su totalidad, es la del autor Arthur Brooke.
          Pese a todos estos antecedentes e influencias, Shakespeare aportó a la obra un nuevo grado de grandeza

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