Los placeres
violentos terminan en la violencia,
y tienen en su
triunfo su propia muerte, del mismo
modo que se consumen
el fuego y la pólvora
en un beso voraz.
Romeo y Julieta, acto II, escena VI
El amor
es, obviamente, el tema central de Romeo
y Julieta. Pero, al contrario de lo que era frecuente en épocas anteriores,
ese amor auténtico y pasional se canaliza a través del matrimonio. Dicha
actitud se corresponde con el nuevo valor que el movimiento protestante otorga
a la institución matrimonial. Por otra parte, los cambios sociales producidos
en el Renacimiento ponen en peligro el orden familiar tradicional. Los
humanistas, por ello, ven la necesidad de reforzar los vínculos entre los
esposos proponiendo un nuevo modelo de amor matrimonial. Y éste es el camino
que sigue Shakespeare en su obra: nos presenta un amor perfecto e idealizado que, por su frescura,
generosidad y felicidad, será capaz de vencer todos los obstáculos, incluida la
muerte. Pero a ese amor eterno Shakespeare le añade la pasión propia del
antiguo amor de las novelas caballerescas, que, en el momento en que escribe,
era ya visto como una fantasía irreal del pasado. De aquí que la intensidad de
la obra sorprenda y conmueva, y resulte finalmente abocada a la tragedia.
Además, el amor de Romeo y Julieta está enmarcado en un ambiente hostil, y éste
resulta un factor determinante de ese amor y de la propia acción de la obra. La
imposibilidad de ser correspondido que caracterizaba al amor cortés se ha
sustituido aquí por la grave dificultad que entraña la relación entre dos
amantes que pertenecen a familias enfrentadas secularmente por un odio
irracional. La obra, de ese modo, está construida sobre una serie de contrastes
que, aunque dispuestos casi simétricamente, no encuentran un punto de
equilibrio: en su entorno social
imperan el odio, la agresividad, la violencia, el bullicio, la energía
desbordante, la fiesta, los infinitos detalles de la realidad cotidiana;
alejados de todo ello, los amantes crean su propio mundo idealizado, sublime,
como si estuviera fuera del espacio y del tiempo. Mientras que el mundo
exterior podría ser escenario de una comedia de intriga, para los amantes es un
lugar opresivo y amenazador que los aboca, en su huida hacia adelante, a la
muerte. Su único consuelo serán ellos mismos, compartir su amor y su decisión
de entrega mutua.
Estos dos mundos se oponen radicalmente, y ello se refleja, de modo
especial, en su manera distinta de concebir las relaciones amorosas.
Como en el resto de
obras shakesperianas, la división en escenas y actos no se introdujo hasta
finales del siglo XVII. Con ello se pretendía que adquiriesen una apariencia
más digna, más parecida a los clásicos griegos y latinos. Pero la estructura
que realmente vertebra Romeo y Julieta no es, obviamente, una simple división
mecánica, sino la organización interna que existe entre sus partes.
Podríamos
decir que la obra avanza como sobre un eje,
desde la distancia que al principio separa a los protagonistas (que ni se
conocen, ni tienen, aparentemente, posibilidades de hacerlo), pasando por su
súbito encuentro, enamoramiento y boda, hasta la también muy rápida separación
definitiva y su reencuentro en la muerte. Este desarrollo lineal, que funciona
a base de alternancias contrastadas, casi regulares, entre lugares y temas,
parece pautado «desde fuera» por las tres apariciones del Príncipe. Ellas
proveen de un marco público, «objetivo», a la historia íntima de la pasión
amorosa de los protagonistas.
Shakespeare marca la diferencia entre los
sentimientos convencionales del petrarquismo de moda, y el nuevo amor. Para
subrayarla hace un uso paródico de diversos recursos retóricos habituales en el estilo petrarquista
popularizado en Inglaterra, como en toda Europa, en el siglo XVI.
Romeo y Julieta es considerada una de las
obras cumbres de Shakespeare. La
historia de esta tragedia tiene una gran influencia clásica, ya que es
precedente de la leyenda mitológica de Píramo y Tisbe. Sin embargo, la versión en la que
Shakespeare basa su obra prácticamente en su totalidad, es la del autor Arthur
Brooke.
Pese a todos estos antecedentes e
influencias, Shakespeare aportó a la obra un nuevo grado de grandeza

